En su poesía, Juan Pablo Roa nombra la ausencia, lo perdido y lo lejano con serena tristeza, buscando un sentido último en la palabra, en el misterio de la naturaleza y en la luz consoladora que su espíritu vislumbra.
Primer poema
Teníamos un sol sonoro:
un jardín, que era solar, huerto
epicentro de alma de fruto.
Allí higuera y papayuelo
eran parientes de montaña;
eran familia del hicaco,
estirpe lejana del limonero ardiente.
Queda el sámago de esta página,
lejos, en un país que adoro.

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