Thomas Lang es un ex policía y ahora pistolero a sueldo. Un día recibe la visita de un tal McClusky, quien le ofrece cien mil dólares por asesinar a Alexander Woolf, un empresario americano con negocios en Inglaterra y Escocia. Indignado, Lang rechaza el encargo y decide en cambio advertir a la víctima del peligro que corre: una buena acción que no quedara impune. A partir del momento en que el protagonista entre en contacto con el entorno de la familia Woolf se verá inmerso en un torbellino de mentiras, corrupción y violencia, lo que lo obligará a marchar unas cuantas cabezas con la estatuilla de un Buda, medir su ingenio con multimillonarios malvados, y dejar su vida (entre dos cosas) en manos de un grupo de femmes fatales. El autor nos presenta una ingeniosa y ácida incursión en el género de la novela negra que hará las delicias no sólo de los seguidores de su trayectoria televisiva, sino de todos aquellos lectores ávidos de tramas originales y absorbentes.
Primer párrafo
Imagínate que tienes que tienes que romperle el brazo a alguien.
El derecho o el izquierdo, da lo mismo. La cuestión es que tienes que rompérselo, porque si no lo haces... bueno, eso tampoco importa mucho. Digamos que ocurrirán cosas peores si no lo haces.
Mi pregunta es la siguiente: ¿le rompes el brazo de prisa - crac, vaya, lo siento, deje que lo ayude con este cabestrillo de emergencia- o alargas todo el proceso durante sus buenos ocho minutos y vas aumentando la presión poquito a poco, hasta que el dolor se convierte en algo rojo y verde y caliente y frío y, en su conjunto absolutamente insoportable?.
Pues eso. Por supuesto. Lo correcto, la única opción correcta, es acabar cuanto antes. Rompe el brazo, sírvele una copa, sé un buen ciudadano. No hay otra respuesta.
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